El primer mes
Sobre rutinas rotas, versiones imperfectas y lo que de verdad sobrevive.
¡Hola, Tribu! 📩
Elisa cumplió ayer su primer mes.
Ha sido, sin exagerar, el mes más intenso de mi vida. Más retador incluso que mis guardias perforando pozos en San Diego de Cabrutica😅. Divertido, agotador y maravilloso, todo al mismo tiempo y muchas veces en la misma hora. Hace cuatro semanas les escribí que mis rutinas habían saltado por los aires y que no me importaba. En aquella entrega dejé una idea flotando: que los sistemas construidos con tiempo no desaparecen cuando la vida se complica, sino que se adaptan y vuelven cuando hay espacio. Un mes después, me pareció justo volver sobre eso y contarles qué pasó. Porque la idea se puso a prueba, y el resultado me sorprendió incluso a mí.
Lo primero que aprendí es que nada volvió como era antes. Y ahí está el punto: no tenía que volver como era antes.
Sigo entrenando para el Maratón de Berlín en septiembre. No con el plan perfecto que tenía en la cabeza cuando me inscribí, pero entrenando. Hay días en los que el entrenamiento sale completo y días en los que toca recortar porque la noche fue dura. Sigo leyendo, aunque ya no en el bloque sagrado de una hora antes de dormir, sino en ratos sueltos que aparecen donde antes no miraba: mientras Elisa duerme sobre mi pecho, en los minutos muertos de una madrugada. El sueño es, honestamente, lo que más golpeado está. Duermo bastante irregular, en jornadas que se parecen sospechosamente a mis años en taladros. Y aun así, duermo más de lo que me tocaría. Eso tiene una explicación con nombre y apellido.
Si mi entrenamiento sigue vivo, es por Nataly. Y no solo el entrenamiento. Si soy honesto, la base de casi todas mis rutinas, el gimnasio, la lectura, el correr, existe en buena parte por ella. Fue con ella que muchos de estos hábitos echaron raíces, y es ella quien hoy, haciendo el trabajo más duro de los dos, me deja dormir más de lo que me toca para que el cuerpo recupere de los entrenamientos. Nadie le pidió eso. Lo decidió ella, porque sabe lo que Berlín significa para mí. Y significa más ahora: el maratón será nuestro primer viaje como familia, los tres juntos. Ya no estoy entrenando solo para cruzar una meta. Estoy entrenando para llegar a ella con mi esposa y mi hija esperándome del otro lado.
Ese es el recuento. Pero lo que más me ha hecho pensar este mes no es qué rutinas sobrevivieron, sino cómo sobrevivieron. Y la respuesta tiene una sola palabra: flexibilidad.
Durante años fui rígido con mis hábitos. Lo he contado aquí varias veces: el horario fijo, la estructura clara, el día armado como un rompecabezas donde cada pieza tenía su lugar. Esa rigidez funcionó durante mucho tiempo. Me construyó. Pero este mes entendí algo que antes solo sabía en teoría: la rigidez es una herramienta para construir hábitos, no para sostenerlos. Se construye con estructura. Se sostiene con flexibilidad.
Un recién nacido no negocia. No le importa tu horario de entrenamiento, ni tu bloque de lectura, ni tu plan de la semana. Frente a eso tienes dos opciones: o abandonas todo porque las condiciones perfectas ya no existen, o aprendes a hacer versiones imperfectas de las cosas que te importan. La primera opción se disfraza de sensatez: “no es el momento”, “ya retomaré cuando se calme todo”. La segunda es incómoda, porque te obliga a soltar el estándar. Pero es la única que funciona, porque la vida no se va a calmar. Nunca se calma del todo.
Correr 8 kilómetros cansado vale más que los 12 perfectos que no corriste. Leer veinte minutos fragmentados vale más que la hora ideal que estás esperando tener. La versión imperfecta y presente le gana siempre a la versión perfecta y pospuesta. Eso, que suena obvio escrito, es de las cosas que más cuesta aceptar cuando uno viene de años de estructura.
Aunque hay cosas que no se resuelven con versiones más pequeñas. Hay algo que cambió más que cualquier rutina individual, algo que ni siquiera consideraba un hábito hasta que se movió: la vida en pareja. Nataly y yo salíamos siempre. Cine al menos una vez por semana, comer afuera, caminar sin apuro. Ahora estamos aprendiendo unas dinámicas completamente nuevas: salir con la bebé, el coche, la pañalera, los horarios de las tomas. Todo lo que antes era espontáneo ahora requiere logística. No es peor, es distinto. Pero exige algo que no esperaba: aprender a desaprender. Soltar la versión anterior de nuestra vida juntos para construir la nueva, sin saber todavía exactamente cómo se ve.
Esto no le pasa solo a quien acaba de tener un hijo. Cualquiera que haya pasado por una mudanza, un cambio de trabajo, una enfermedad, un proyecto que se come los días, conoce esta encrucijada. La vida tiene la costumbre de desordenar justo lo que más nos costó ordenar. Y en ese momento, casi todos cometemos el mismo error: tratamos la interrupción como si fuera una falla del sistema, cuando en realidad es parte del sistema. Los períodos de caos no son la excepción de la vida adulta. Son la regla. Diseñar hábitos que solo funcionan en condiciones perfectas es diseñar hábitos para una vida que no existe.
Debajo de todo esto hay una capa más profunda. Lo que este mes puso a prueba no fueron mis rutinas. Fue mi identidad. Las rutinas son la parte visible; debajo está la pregunta real: ¿soy alguien que corre, o alguien que corría cuando las condiciones lo permitían? ¿Soy alguien que lee, o alguien que leía cuando tenía una hora libre garantizada? Este mes me respondió esa pregunta de la mejor manera: cuando la identidad es real, encuentra la forma. Se contrae, se adapta, aparece en versiones más pequeñas, pero no desaparece. Lo que desaparece con las crisis son los hábitos que se sostenían por inercia, no los que se sostienen por convicción.
Sé que esta etapa apenas empieza y que vienen meses que van a seguir moviendo todo. No escribo esto desde la victoria, sino desde el primer parte de un proceso largo. Pero si tuviera que resumir el aprendizaje del primer mes de Elisa en una sola idea, sería esta: la disciplina que sirve no es la que resiste el cambio, sino la que sabe cambiar de forma sin cambiar de fondo.
Y si algo me deja tranquilo, es que las cosas importantes siguen aquí. Distintas, más flexibles, más pequeñas por ahora. Pero aquí.
Nos leemos el próximo jueves,
José Miguel Farías


Gracias por tus lecciones Jose Miguel. Saludos.