Lo que no se derrumbó
Sobre el silencio, la respuesta de la gente y las razones para el ánimo.
¡Hola, Tribu! 📩
Como saben, Compás de Ideas no salió la semana pasada. No fue olvido ni falta de tiempo. Después del terremoto del miércoles, cualquier cosa que yo pudiera escribir al día siguiente iba a sobrar.
Hay momentos en los que las palabras de reflexión no tienen lugar. Momentos en los que publicar cualquier cosa, por bien intencionada que sea, se convierte en ruido. Preferí callarme, como se callan las visitas en una casa de duelo. Me pareció lo mínimo.
Si hoy vuelvo a escribir es porque creo que hay algo que sí vale la pena decir. No una lección. Las tragedias no están para darnos lecciones, y convertir el sufrimiento de miles de familias en material de reflexión me parece una falta de respeto. Lo que quiero es más simple: dejar por escrito algo que vimos todos durante estos días, y que no quiero que se pierda entre tantas malas noticias.
Porque en medio de todo lo que se derrumbó, hubo algo que no se derrumbó.
Esa misma tarde, mientras todavía temblaba, los teléfonos de todos los venezolanos, adentro y afuera del país, se llenaron del mismo mensaje: ¿están bien? Primos que no se hablaban hace años. Amigos del colegio con los que no cruzábamos palabra desde hace una década. Compañeros de trabajo de otra época. En cuestión de minutos, millones de personas dejaron lo que estaban haciendo para confirmar que los suyos seguían ahí. Antes de cualquier operativo, antes de cualquier cifra oficial, lo primero que se activó fue eso: la red de gente que se pregunta por su gente.
Y en los días siguientes, esa red se convirtió en acción. En La Guaira, un padre y su hijo fueron rescatados con vida después de pasar más de cien horas atrapados bajo un edificio. Más de cuatro días. Los sacaron rescatistas venezolanos trabajando junto a equipos franceses y estadounidenses. En Caracas, un equipo de rescatistas de Jordania sacó con vida a un niño de tres años después de remover escombros durante horas. Y esta misma semana, cuando ya casi nadie esperaba más buenas noticias, rescatistas de varios países sacaron con vida a Hernán Gil, un guardia de seguridad que pasó más de ocho días sepultado bajo los escombros de un estacionamiento en La Guaira. Detrás de cada una de esas historias hay algo que no aparece en el conteo de daños: gente que siguió trabajando cuando ya nadie aseguraba nada.
Y esas historias no fueron la excepción. Fueron el patrón. Antes de que llegara cualquier maquinaria, ya había vecinos sacando gente de los escombros con las manos. Antes de cualquier anuncio oficial, ya había filas para donar sangre, gente cocinando para desconocidos, casas abiertas para los que se quedaron sin nada. Médicos y enfermeras atendiendo heridos en pasillos y aceras, improvisando con lo que había, sin descanso y muchas veces sin saber cómo estaban sus propias familias. Y una diáspora entera moviéndose en cuestión de horas para mandar ayuda, organizar recaudaciones y ubicar desaparecidos.
Nada de eso estaba en un plan. Nada de eso dependió de que alguien lo ordenara. Fue la gente. Como ha sido siempre en los momentos duros de las últimas décadas: cuando todo lo demás falla, lo que sostiene a Venezuela es la gente que decide ayudarse entre sí.
Quiero ser cuidadoso aquí, porque nada de esto borra el dolor. Hay familias que lo perdieron todo, y no hay solidaridad que devuelva lo que se fue. No pretendo endulzar nada. Pero sí quiero dejar constancia de algo que, en medio de la rabia y la tristeza, puede perderse de vista: la respuesta de la gente fue extraordinaria. Y no fue casualidad. Esa capacidad de aparecer y de cargar al otro es algo que los venezolanos han tenido que practicar durante años difíciles. Es de las pocas cosas que la adversidad no ha podido quitarnos.
A los que están viviendo esto de cerca, los que perdieron su casa, los que duermen con miedo a las réplicas, los que están esperando noticias o llorando a alguien: no les voy a ofrecer frases hechas, porque no las hay. Solo esto: no están solos. Hay un país entero pendiente de ustedes y moviéndose por ustedes. Y aunque hoy cueste creerlo, los días van a volver a ser normales. Las réplicas van a parar. Los escombros se van a levantar. El país ha salido de cosas que en su momento parecían no tener salida, y esta no va a ser la excepción.
Y a los que vieron todo desde otra ciudad o desde otro país, con esa mezcla de angustia e impotencia de no poder hacer más: eso que sienten también cuenta. La ayuda que ha llegado y va a seguir llegando existe, en buena parte, porque hay millones de personas que no estaban ahí pero no se quedaron quietas.
La reconstrucción va a ser larga. Va a exigir paciencia, trabajo y una solidaridad que no se agote cuando el tema salga de las noticias, que es justamente cuando más falta hace. Ahí es donde esta historia todavía no está escrita. La reacción de la primera semana ya demostró de qué está hecha la gente. Lo que viene ahora es menos visible y más lento: acompañar, reconstruir, no soltar. Si están en capacidad de ayudar, háganlo a través de organizaciones establecidas o de las iniciativas verificadas que se han organizado estos días. La ayuda va a seguir haciendo falta durante meses.
Cuídense mucho. Abracen a los suyos.
Nos leemos el próximo jueves,
José Miguel Farías



José Miguel, gracias por el Compás de Ideas.
Mi momento perfecto de cualquier día comsiste en abrir mi correo y en silencio junto a mi computadora encontrarme con tus textos, tus ideas y todo lo bueno que compartes. Abrazo apretao. Ery Marcano Valero.
Gracias Jose Miguel por la excelencia de tus escritos... siempre son de reflexión y aprendizaje.